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- En una columna en Sapo de Otro Pozo, Agustín Ochoa analizó el humor como fenómeno social y cultural, desde el folclore hasta los payasos que incomodan al poder.
- Entre ejemplos locales y reflexiones teóricas, planteó que la risa no es inocente: es transgresión, caos y disputa de sentido.
El humor no es solo entretenimiento: es un rasgo profundamente humano, social y político. Así lo planteó el licenciado en Ciencias de la Comunicación Agustín Ochoa en su columna emitida por el programa Sapo de Otro Pozo, que conduce Emiliano Frascaroli en Radio Universidad Nacional de Salta. A lo largo de su intervención, Ochoa propuso pensar la risa como un mecanismo cultural que incomoda, desordena y revela tensiones sociales.
Desde la música popular hasta el humor político, el columnista recorrió ejemplos que van del Cuchi Leguizamón a Ricky Maravilla para mostrar cómo el humor atraviesa el folclore y la cultura popular. “El humor siempre aparece donde algo no encaja”, explicó, retomando definiciones clásicas que entienden la risa como la irrupción de lo inesperado en un orden establecido.
Uno de los ejes centrales fue la figura del payaso como “agente del caos”. Ochoa se detuvo especialmente en Tapalín, el payaso tucumano que marcó a generaciones por su estética perturbadora y sus apariciones televisivas cargadas de incomodidad. Lejos del payaso infantil tradicional, Tapalín encarnó una forma de humor que generaba risa y miedo a la vez, anticipando debates actuales sobre los límites del entretenimiento para niños y niñas.
En esa misma línea, el columnista recuperó la figura de Pepito, personaje histórico de la cultura popular salteña, cuya irreverencia llegó a chocar con el poder político. Ochoa recordó anécdotas en las que el humor fue motivo de censura y persecución, como cuando Pepito terminó preso por interrumpir un tango con la Marcha Peronista. El episodio funcionó como ejemplo concreto de cómo el humor puede transformarse en una amenaza para el orden político.
La columna también abordó el humor desde una perspectiva más amplia, vinculándolo con la evolución humana y la vida social. Ochoa señaló que, a medida que crecen, las personas ríen menos, atrapadas por normas, responsabilidades y estructuras que reducen el espacio para el juego y la transgresión. En ese sentido, reivindicó el humor como una herramienta para cuestionar lo establecido y abrir grietas en el sentido común.
Lejos de una mirada ingenua, la reflexión propuso entender la risa como una práctica cultural cargada de significado. “El humor no es neutral”, quedó claro a lo largo del análisis. Puede ser una válvula de escape, pero también una forma de resistencia simbólica frente al poder, la censura y la rigidez social.








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