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Evasión emocional: cuando buscamos distraernos para no sentir

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En una nueva columna, el psicólogo Mauricio Herrera propone reflexionar sobre una conducta que aparece con frecuencia en la vida cotidiana: la evasión emocional. Se trata de esos mecanismos que utilizamos, muchas veces de manera automática, para evitar entrar en contacto con emociones que nos resultan incómodas.

Para explicar el concepto, Herrera parte de una situación cotidiana: terminar un día agotador, acostarse y comenzar a recorrer el celular sin un objetivo concreto. Pasan los minutos, luego una hora o más, y cuando finalmente dejamos el teléfono aparecen el silencio, los pensamientos, las preocupaciones o incluso la tristeza. Entonces volvemos a buscar el celular.

La cuestión, plantea el psicólogo, no es necesariamente el uso del teléfono en sí mismo, sino qué función cumple esa conducta. En determinadas circunstancias, puede convertirse en una forma de evitar sentir.

“Es mejor mirar para afuera que mirar para adentro”, sintetiza durante la conversación.

El alivio inmediato y el costo a largo plazo

Según explica Herrera, los seres humanos tendemos a evitar aquello que nos genera dolor o incomodidad. Esa evasión puede adoptar distintas formas: permanecer constantemente ocupados, utilizar el celular de manera automática, comer, dormir, consumir determinadas sustancias, jugar videojuegos, realizar compras compulsivas o incluso evitar conversaciones difíciles dentro de una relación.

La característica común es que estas conductas pueden producir alivio en el corto plazo, pero no necesariamente resuelven aquello que originó el malestar.

Por eso, una conducta que inicialmente puede parecer inofensiva puede transformarse en un problema cuando se vuelve repetitiva y la persona comienza a sentir que perdió la posibilidad de elegir.

“Lo primero que busca es el alivio, no busca lo más sano”, explica Herrera. El costo puede aparecer después en forma de frustración, cansancio, decepción o la sensación de haber perdido tiempo y oportunidades.

¿Qué emoción estamos intentando evitar?

Uno de los puntos centrales de la columna es aprender a mirar qué existe detrás de una conducta repetitiva.

Ante la necesidad constante de revisar el teléfono, trabajar sin descanso o buscar alguna actividad para mantenerse ocupado, Herrera propone preguntarse: ¿qué emoción hay de base?

Puede tratarse de soledad, aburrimiento, frustración, inseguridad, miedo al rechazo, miedo al abandono o necesidad de reconocimiento.

En ese sentido, la productividad también puede convertirse en una forma de evasión cuando trabajar permanentemente funciona como una manera de evitar otras experiencias emocionales. El psicólogo señala que, además, algunas de estas conductas están socialmente reforzadas: ser productivo, destacarse, trabajar constantemente o demostrar utilidad suelen recibir reconocimiento.

El problema aparece cuando esa conducta deja de ser una elección y se convierte en una necesidad.

El miedo detrás de los vínculos

La evasión emocional también puede aparecer en las relaciones. Herrera menciona el temor a mantener conversaciones incómodas, al rechazo o al abandono.

En lugar de afrontar una situación, podemos alejarnos, mostrarnos indiferentes o evitar el conflicto. El problema, señala, es que aquello que se intenta esconder “debajo de la alfombra” puede terminar apareciendo más adelante.

En un contexto en el que proliferan discursos en redes sociales sobre cómo deberían comportarse hombres y mujeres, el psicólogo plantea que también puede existir un miedo de base a relacionarse y exponerse emocionalmente.

Aceptar que el fracaso, el rechazo o la incomodidad forman parte de la vida puede ser un primer paso para dejar de escapar de esas experiencias.

Hacer una pausa y ponerle nombre a lo que sentimos

Frente a estos mecanismos, Herrera propone comenzar por algo sencillo: detener el automático.

Hacer una pausa, respirar y recuperar la conexión con el propio cuerpo permite prestar atención a lo que está ocurriendo antes de responder mediante una conducta repetitiva.

El segundo paso es identificar y nombrar la emoción:

¿Qué estoy sintiendo en este momento?

Y luego preguntarse:

¿Qué hago habitualmente cuando aparece esta emoción?

Reconocer esa secuencia permite empezar a comprender qué función cumple determinada conducta y, a partir de allí, pensar alternativas.

Para Herrera, ponerle nombre a la emoción es fundamental porque permite dejar de experimentar ese malestar únicamente como un miedo difuso y comenzar a identificar aquello que necesita ser afrontado.

La evasión también aparece en espacios cotidianos

Durante la conversación surgió además el ejemplo del fútbol. Un espacio que suele ser presentado como una forma de “descarga” puede convertirse, en determinadas situaciones, en otro lugar donde se canalizan broncas y conflictos acumulados.

Herrera explica que en determinados contextos grupales existen comportamientos que socialmente están más permitidos. La psicología de las masas puede habilitar conductas que una persona quizás no expresaría de la misma manera individualmente.

Así, la evasión emocional no tiene una única forma ni aparece en un único ámbito: puede atravesar los vínculos, el trabajo, el consumo, el ocio y distintas situaciones de la vida cotidiana.

La propuesta, en definitiva, es detenerse antes de actuar automáticamente y preguntarse qué hay detrás de aquello que hacemos repetidamente para sentirnos mejor.

Porque, como plantea Mauricio Herrera, si una conducta genera alivio y por eso volvemos a ella una y otra vez, también vale la pena preguntarnos qué emoción estamos intentando evitar.

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