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Milei y el Chaqueño: cuando el folklore entra al escenario del poder

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  • Un video del presidente Javier Milei cantando “Amor Salvaje” junto al Chaqueño Palavecino volvió a poner al folklore en el centro del debate político.
  • La escena, registrada durante el Festival de Jesús María, expone la tensión entre la cultura popular como identidad colectiva y su uso simbólico desde el poder.

El folklore argentino volvió a ocupar un lugar central en la agenda pública a partir de una imagen tan potente como contradictoria: el presidente Javier Milei cantando “Amor Salvaje” junto al Chaqueño Palavecino, uno de los máximos referentes de la música popular del norte argentino.

El video, que rápidamente se viralizó en redes sociales, muestra al mandatario compartiendo escenario con el artista salteño en uno de los festivales más emblemáticos del país. La escena fue celebrada por algunos sectores como un gesto de cercanía, pero también generó cuestionamientos por el contraste entre la puesta en escena cultural y las políticas de ajuste impulsadas por el Gobierno nacional.

El Chaqueño Palavecino no es solo un cantor popular. Su figura está profundamente ligada a la identidad del NOA, a los festivales barriales, a los escenarios del interior y a una tradición musical que históricamente funcionó como voz de los sectores populares. Que esa música suene desde el centro del poder político no es un hecho menor.

Folklore como símbolo

La presencia de Milei cantando folklore plantea un interrogante de fondo: ¿qué lugar ocupa la cultura popular en un proyecto político que reduce la inversión estatal en cultura, desfinancia programas artísticos y cuestiona su valor como política pública?

El folklore, en este contexto, aparece tensionado entre dos dimensiones. Por un lado, como expresión genuina de identidad, memoria y pertenencia. Por otro, como recurso simbólico, utilizado para construir cercanía emocional con sectores sociales que hoy atraviesan el impacto del ajuste económico.

La canción “Amor Salvaje”, asociada al amor, la pasión y la vida popular del interior, funciona así como una pieza cargada de sentido político. No por su letra, sino por quién la canta, dónde y en qué contexto.

Una imagen que interpela

Más allá de la figura del Chaqueño —referente indiscutido del folklore nacional—, el video deja al descubierto una postal difícil de separar del escenario actual: mientras la cultura es convocada como símbolo de identidad nacional, sus trabajadores y espacios enfrentan recortes, precarización y pérdida de apoyo estatal.

El folklore, lejos de ser un simple acompañamiento musical, vuelve a mostrar que es un territorio de disputa. Y que cada vez que sube al escenario del poder, también interpela las decisiones que se toman fuera de él.

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