Pandemia en Salta: Nos mean y dicen que llueve

El gobierno provincial y su rol para enfrentar al coronavirus. La opinión de psicólogos y sociólogos acerca del comportamiento social y las decisiones políticas. ¿Colapsó el sistema de salud o no se administra estratégicamente lo disponible? La frase que se podría convertir en el karma de Sáenz.

Por Emiliano Frascaroli

No queremos firmar certificados de defunción, juramos salvar vidas”. Así, frío y contundente es el pedido de profesionales de la salud al gobernador Gustavo Sáenz y la ministra de Salud Josefina Medrano. Empezaron a manifestarse en redes sociales ante el inminente colapso del sistema, que autoridades niegan a rajatablas haya sucedido. Médicas dicen que ya no se puede vivir siendo indiferentes a la realidad.

Finalmente, la pandemia con toda su crudeza llegó a Salta, después de unos meses de tensa calma y sin muchos contagios. Agosto lo cambió todo. Más bien lo que se hizo y lo que no se hizo hasta y durante el mes que empieza con la celebración por la Pachamama y termina con el cumpleaños de la última ciudad conquistada por los españoles, Orán, hoy en una situación delicada.

Las imágenes que veíamos por televisión de los tristes fallecimientos en otras partes del mundo, se editaron en Jujuy, Mendoza, Río Negro y Salta, por ejemplo. Fosas cavadas en el fondo de una casa (Ledesma), falta de personal sanitario (San Martín), infraestructura que no da abasto (Cipolleti). Y empresarios que presiononan aperturas mientras incumplen con su obligación de cuidar a sus trabajadores, como ocurre en los ingenios azucareros de los Blaquier en Libertador General San Martín o la empresa de capitales estadounidenses Seaboard en Orán.

El sociólogo e investigador de Conicet Daniel Feierstein explicó en un hilo de Twitter la cuestión de la pandemia desde una perspectiva que analiza el comportamiento de la sociedad en torno a las medidas y la capacidad de persuasión del sistema político y de médicos. Más de 20 mil personas compartieron la publicación y caló en la agenda mediática que recogió su punto de vista.

¿Por qué fracasan las estrategias para frenar los contagios en Argentina?”, se pregunta Feierstein, para luego aventurarse en una hipótesis más bien sociológica y no sanitaria. Allí, explica que el “problema de fondo” es que “la población en una catástrofe NO actúa según una racionalidad ajustada a fines (NdR: el cálculo de que el riesgo de contagio es preferible al de quedarse sin otras actividades) sino que se ve atravesada por acciones afectivas vinculadas a mecanismos de defensa psíquica como la negación y la proyección”. Piensa que hay una presunción errática del comportamiento social que se da a raíz de mensajes tranquilizadores del tipo “estamos bien, la situación está controlada, ya pasamos lo peor, la semana que viene baja, el sistema de salud va a resistir, no habrá colapso, esto nos permite dar un nuevo paso”. Para el investigador, lo único que se logra así es ratificar los sistemas de negación que ya perviven en la comunidad.

Hay que decir que el análisis del doctor en Ciencias Sociales partió de los discursos de las autoridades de la Ciudad y la Provincia de Buenos Aires en torno a la flexibilización de las medidas y el crecimiento de contagios y muertes, polémica que se libró recientemente. Una puja alentada por el gobernador porteño Horacio Rodríguez Larreta. Como en Salta esas flexibilizaciones mencionadas rigen desde hace tiempo, la pregunta sería a la inversa: ¿por qué siguen vigentes ciertas medidas aperturistas o de relajación si ya se declaró la circulación viral comunitaria y los contagios van en un exponencial crecimiento?

https://twitter.com/DanielFeiers/status/1300895741486010375?s=19

La bióloga Marta Toscano comparó las curvas de contagios/tiempo en distintas localidades: arrojó que en San Martín y Orán, donde rige el aislamiento estricto con restricción de actividades, se logró desacelerar la duplicación de casos, mientras  que en Capital se acelera a 6.4 días. “Acá en Capital no aumentaron las restricciones considerablemente, seguro que por preservar el empleo y el comercio, y los casos siguen aumentando”, dijo la especialista a El Tribuno.

Amén de las medidas restrictivas respecto a las actividades económicas para mermar la circulación de personas, a la relajación ayudan factores de negación preexistentes a la encrucijada que hoy envuelve al “botón rojo” al que hizo alusión el presidente Alberto Fernández para decir que con presionarlo se volvería a un aislamiento estricto. Vayamos a un ejemplo: las “desmentidas” del gobierno salteño a las declaraciones del Dr. Juan José Esteban acerca de que ya había transmisión comunitaria antes de que lo reconocieran oficialmente. Pongamos otro: familiares de víctimas fatales de los departamentos San Martín y Orán que advirtieron un colapso del sistema de salud y las autoridades provinciales les salieron al cruce para desestimar tal condición, al igual que con las campañas solidarias para adquirir insumos.

Las críticas ya no provienen sólo de profesionales de la salud que ven la situación epidemiológica cada vez más delicada, ya que muchos de ellos también contrajeron la enfermedad. Ahora esa saturación del sistema se materializó en decenas de personas que tienen síntomas compatibles con el nuevo coronavirus pero no reciben siquiera una atención telefónica adecuada donde los guíen y contengan.

El caso del muchacho de 29 años que falleció ante la negativa de ser atendido en la medicina privada desnudó no sólo la desidia de conductas empresariales que rayan lo inhumano porque priorizan la acumulación de dinero, sino también la falta de presencia del Estado para intervenir al respecto. Así, obras sociales niegan atención por Covid-19 a sus afiliados, a quienes giran a los hospitales públicos ya saturados. Otra vez el Gobierno llegó tarde y hoy adelantaron que presentarán un amparo ante la Justicia. No se repara la pérdida de una vida que se podría haber salvado.

Sin dudas que la gestión de la pandemia del coronavirus por parte del sistema político y el comportamiento de la sociedad en general operan desde la ideología y la emoción. Aquellas medidas que adoptan los primeros permiten proyectar posibles escenarios desde los segundos, la ciudadanía toda. Por supuesto que si esas decisiones son tomadas a partir del intercambio de opiniones de quienes entienden en la materia y de un análisis estratégico de las experiencias que puedan aportar a la causa, las estimaciones serán más o menos certeras. No es un razonamiento grandilocuente sino más bien una obviedad que, paradójicamente, no es tal en quienes tienen poder de decisión.

¿Cuán coherente es que la autoridad máxima de una provincia declare circulación comunitaria del virus pero no endurezca medidas que generan movimiento de personas y, por ende, aumentan las posibilidades de que se propague la enfermedad? ¿Cómo entiende la población que las medidas tomadas son las mejores si en paralelo conoce a alguien que o se contagió o tiene un conocido que lo hizo y no obtuvo respuestas por parte de los organismos competentes? ¿Hubo un error de cálculo al no prever que podrían faltar profesionales para atender los equipos de salud, algo por lo que tuvo que intervenir el Gobierno Nacional enviando médicos a Salta y otras provincias? ¿Se puede confiar que verdaderamente no escasean tubos de oxígeno si en Orán se ve cómo familiares los deben conseguir por sus propios medios? ¿Por qué no se difunde información estadística precisa acerca de la ocupación de camas de terapia intensiva, de los respiradores y oxígenos?

La indiferencia ante la gravedad de la situación epidemiológica es contraproducente no sólo desde el punto de vista sanitario sino también desde su costado político. Se supone que la población, votantes al fin, tendrán muy presentes el rol de sus gobernantes en épocas como las que se vive y que tanto marcan la historia. Es un desafío muy grande tomar medidas que puedan ser antipáticas para muchos, pero que a veces son el único camino para evitar tragedias mayores. Mientras no se ponga énfasis en la peligrosidad del avance de la Covid-19 en un sistema precario y con poca cantidad de profesionales, un combo sumamente grave, la ciudadanía tiende a relajarse y eso se traduce en más contagios. Lo dicen especialistas.

De hecho, el Colegio de Psicoanalistas emitió un duro documento en el que advierten por “el rechazo de la percepción de los datos de la realidad y el mecanismo de la aceptación y negación simultáneos de dicha percepción”. Así, el texto sostiene que “lleva a una suerte de negacionismo, en muchos casos alimentado por los medios, que genera conductas sociales de enorme riesgo individual y colectivo”. Además, los profesionales piden “un uso correcto de los datos estadísticos y evitando la manipulación política” y que no se generen “confusión y falsas expectativas” al transmitir que todo está mejorando o habilitando actividades.

El sociólogo Feierstein puso como contrapunto en su análisis la contención de la crisis en países de Europa gracias a que las autoridades emitieron fuertes mensajes para concientizar a la población y, además, al efecto “inmunidad de cagazo” que identificó R. Etchenique: el miedo de la gente que venció a la negación. El miedo llegó cuando ya se habían perdido miles de vidas. ¿Tendremos que llegar a esa situación también para que autoridades adopten medidas y mensajes en consecuencia?

La famosa frase que se popularizó en la crisis de principios de siglo acerca de que “nos mean y los medios dicen que llueve” podría actualizarse hoy. Tal vez no haya intención y lo que padece la población salteña se deba a decisiones erráticas, que cualquiera puede comprender si se ve una real transparencia y preocupación por cuidar la salud de la población por sobre la economía, ambos factores con índices negativos de larga data en la provincia. Pero a la luz de los hechos, no se estaría actuando en consecuencia o al menos hay serios obstáculos que salen a flote día tras día. Aquella reflexión del gobernador Gustavo Sáenz a principios de julio, donde afirmó que la sociedad lo juzgará por la cantidad de fallecidos y no de contagios, puede convertirse en una piedra en su zapato. Ojalá que no.