La insufrible soberbia de unos pocos

Ante la insufrible soberbia, es necesario hacer valer la fuerza de otros valores, de la solidaridad, del sentido de pertenencia de clase, del trabajo mancomunado, del apoyo incondicional al personal de salud, de ver en el otro a la Patria, a la verdadera.

Protesta anticuarentena en el Obelisco - Foto Télam

Por Daniel Tort*

Dos cosas son infinitas: la estupidez humana y el universo; y no estoy seguro de lo segundo

Albert Einstein

Comenzada ya la primavera  en el Hemisferio Sur, el coronavirus sigue infectando personas, colapsando los sistemas de salud, y generando desazón en el personal de la salud que, afectado a tiempo completo lucha sin descanso en la emergencia.

Los responsables de cada área comprometida con el control de la pandemia, con errores o con aciertos, coinciden –además de las medidas ya conocidas de higiene- en seguir recomendando restricciones a la circulación de personas, y respetar el distanciamiento.

La caída de la economía se hace sentir en los sectores de menores ingresos, y las pequeñas empresas sufren los embates de la paralización, la recesión, el alza del costo de insumos y servicios, y la caída abrupta de las ventas.

La lejana noticia de algún afectado por COVID-19  que se podía  visualizar  en los medios, trocó ahora para gran parte de la población, en el conocimiento directo, de contagio y a veces muerte, de un familiar, de una amistad o de contacto cercano

Cuando el cansancio de más de seis meses de pandemia se hace sentir, se renuevan los pronósticos pesimistas sobre la duración, los tratamientos, nuevas medidas, recortes, y un creciente malestar general, que la gran mayoría de personas en el País lleva delante con empeño, paciencia, conciencia social y mucha solidaridad.

A la par de esta conducta ejemplar y  digna de admiración, existe un grupo mucho menor, ligado mayoritariamente a las clases sociales acomodadas, que hace gala de una intolerancia preocupante, convoca a marchas sin sentido, difunde constantemente por las redes sociales una imbecilidad tras otra.

Se reúnen desafiantes para oponerse a cualquier medida de gobierno, sin análisis, sin propuesta, el no constante a todo por el no mismo, y con las terapias intensivas repletas y las empresa fúnebres colapsadas, siguen afirmando que la pandemia es una mentira.

Generalmente lo hacen con el apoyo de comunicados de grupos de profesionales, que también son una minoría absoluta, que se autodenominan “MEDICOS POR LA VERDAD” y “EPIDEMIÓLOGOS ARGENTINOS METADISCIPLINARIOS”.

Y a pesar de que todas y cada una de las afirmaciones de esas elites casi delirantes –casi todos pañuelos celestes y muchos con dudoso prontuario-  han sido desmentidas hasta el cansancio, refutadas por casi todas las organizaciones científicas, y se ha puesto en evidencia una y otra vez los verdaderos desatinos que difunden, hay personas que increíblemente se prestan para seguir reproduciendo falsedades que tocan el ridículo.

Y así  en esa imparable locura negacionista, difunden que la vacuna contra el COVID 19 cambia el ADN, que es La Cámpora la que quema barbijos en el Obelisco y pagará la fianza de Lázaro Báez; que el agua de mar cura, que el dióxido de cloro se vende libremente en el mundo,  y que se prohíbe vender yerba mate.

También afirman que Chinda Brandolino es una genia, que se infla el número de muertos, que el barbijo envenena los pulmones, que el 5G activa el virus, que un niño indio predijo el COVID 19,  que militares franceses tienen la posta, que el presidente de Suecia se ríe de Argentina- Suecia no tiene  presidente, sino primer ministro.

Aseguran que los  médicos cubanos no son médicos, que SHELL regala  nafta por tres meses, y hasta que en la fundación Bill Gates en la puerta se lee: “centro para la reducción de población global de seres humanos”, lo cual ya es claramente una  muestra de escasez neuronal grave.

Y así podríamos seguir hasta el infinito con la estupidez de algunos, -parafraseando a  Einstein- que contra toda evidencia siguen  en incomprensible actitud negacionista de una pandemia, como lo  fueron en su tiempo de las dictaduras, o de los desaparecidos.

Pero esa insufrible soberbia de unos pocos, no es inocente, no peca de ingenuidad, está planificada, se lleva adelante con millonarias campañas de medios, y tiene objetivos muy pero muy claros: desestabilizar, hacer fracasar, oponerse constantemente, y por sobre todas las cosas, no resignarse a dejar de ser ellos.

Los que siempre quisieron ser diferentes al resto, los que se creen mejores, los hijos de la meritocracia, la gente como uno, la elite privilegiada que en toda su vida no tienen una sola mirada social, y cuyo individualismo los expone con brutal obscenidad.

Es necesario hacer valer la fuerza de otros valores, de la solidaridad, del sentido de pertenencia de clase, del trabajo mancomunado, del apoyo incondicional al personal de salud, de ver en el otro a la Patria, a la verdadera.

Porque hoy más que nunca, es imprescindible diferenciarse a cada momento de aquellos que, imbuidos de una mayúscula ignorancia, reúnen los dos requisitos esenciales que se necesitan para destacarse en ser perfectos mediocres, incapaces de mirar más allá de su propia soberbia.

* Editorial del programa radial La Madre Que las Parió – FM Noticias 88.1

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