Diseño de mi Pueblo: la cooperativa de las mujeres que hacen el pañuelo verde que tiñó las calles del país.

Las trabajadoras textiles lograron crear su propia marca y afianzar diseños con instituciones educativas. Analizan la situación actual como “preocupante”, celebran la confianza de la comunidad y exigen un Estado presente. ¿Quiénes son las mujeres detrás de los pañuelos de la lucha del movimiento de mujeres?

En Vaqueros se respira lucha. En ése municipio de Salta un grupo de mujeres lleva adelante una cooperativa textil hace varios años. Se llama Diseño de mi Pueblo. María Fernanda Marza, referenta de la organización, dice que el punto en común en sus comienzos fue la falta de conocimientos e interés en el oficio, la necesidad de generar su fuente de trabajo y, por tanto, las ganas de romper las cadenas de la dependencia económica. Y así fue: ahora son sus propias jefas. Trabajan con horizontalidad. Discuten cuál es el mejor rumbo para el negocio. Se acompañan cuando hay problemas personales. Festejan sus cumpleaños. Se profesionalizan. Escuchan música… ¡Se empoderan!

No fue de un día para el otro ni mucho menos que tamaño crecimiento e innovación del trabajo cooperativo se ha vuelto ejemplo a seguir en el rubro, objeto de trabajos periodísticos o parte de charlas-debate en distintas instituciones (ayer les tocó en la Universidad Nacional de Salta).

Son diez mujeres que aportan no sólo al mercado interno sino también a la historia local. ¿Y por qué no nacional? Si los pañuelos verdes de la campaña por el Aborto Legal, Seguro y Gratuito que ellas hacen están en todas partes. Sobre ello, Marza reflexiona: “Estemos de acuerdo o no, cuando tu producto está en la calle te sentís un poco parte de esa historia. Te sentís protagonista”. Las imágenes de los pañuelos invadiendo las calles del país en la última marcha por Ni Una Menos hablan por sí solas.

 

Historia y actualidad. Todo comenzó con la necesidad. Numerosas familias reclamaban, en el 2012, por terrenos para edificar sus vidas en ése pedacito del Departamento La Caldera. La fuerza pública desalojó a quienes se manifestaban. Y ellas tomaron la posta. Se juntaron para ver qué podían hacer y decidieron armar una cooperativa textil, la cual desde aquel entonces no ha parado de crecer. Cuando las injusticias se vuelven carne, ya no se pide, se exige. Así, meses después, en el 2013, conformaron Diseño de mi Pueblo eligiendo sus autoridades para la personería jurídica. “No somos unas mujeres que ya teníamos implantado ni la empresa ni el oficio. Lo fuimos adquiriendo a través del tiempo, de la oportunidad que nos dio un gobierno que miró y dijo ‘vamos a generar estos puestos de trabajo a través de cooperativas’, entonces nosotros aprovechamos esta oportunidad sin saber nada”, rememora Marza.

Actualmente prestan servicios divididos en: marca propia- llamada De mí pue-, con autores de renombre- como Santos Liendro- y con indumentaria institucional. Fernanda celebra que la comunidad haya tomado conciencia de lo importante que es sostener la mano de obra local y que consuman sus productos: las escuelas Bernabé López y Camino del Inca, como también clubes de fútbol del municipio, decidieron encargar su ropa a la cooperativa vaquereña. Punto aparte merecen los pañuelos violetas y verdes que allí hacen, ambos símbolos de lucha del movimiento de mujeres.

La industria textil atraviesa una situación preocupante por la creciente ola de productos importados, el encarecimiento de los costos y la caída del consumo en el mercado interno (ver aparte). “Cuesta mucho competir con lo que viene de afuera” lo cual está “a mitad de lo que nosotros cobramos”, dice a este medio Marza. La trabajadora textil y estudiante de la carrera Economía Social del Instituto de Educación Superior Abuelas de Plaza de Mayo entiende que la comunidad busca precios “porque el sueldo no te alcanza”. Entonces, se pregunta: “¿Cómo le puedo hacer yo comprender a un vecino que consuma mi servicio, que consuma mi producto, cuando uno está viendo la realidad de todo el recorte, la suba de los impuestos?”. Y agrega: “Antes no recibíamos pedidos al por menor porque no te conviene. Hoy, frente a esta situación, decimos ‘vamos a hacer todo lo que haya que hacer’. Más allá que nos lleva más tiempo y más gastos”.

 

El lugar de trabajo. De fondo suena el grupo de cumbia tropical Amar Azul, desde un grabador pequeño que va y viene en dos estaciones. Las ventanas rectangulares de ese edificio municipal dejan entrar rayos de sol y aire. Hay máquinas y en los pizarrones se diagrama el trabajo cotidiano, dividido por el rol que cumple cada una de ellas y por la producción que deben lograr en determinado tiempo. Además, en las paredes cuelgan afiches y hojas impresas con la historia de la cooperativa. Uno de ellos llama la atención: de título “Feliz Cumples” y en su contenido siluetas de corazones albergan los nombres de las trabajadoras sumando la fecha de natalicio, a excepción de una de ellas a quien no le convence ese tipo de festejos.

“La música es liberadora para nosotras” cuenta Fernanda, y agrega: No sentimos un peso por ir a trabajar. Para nosotros es un placer venir a reunirnos, más allá de las peleas que podamos tener entre nosotras. “’Cómo vamos a hacer la puntada, que vos fallaste en esto, que no compraste a tiempo’. Esas son las peleas. Todo es por nuestro negocio. Salimos y seguimos hablando normalmente”, se explaya.

Las diez mujeres que trabajan allí entran a las 8 y salen a las 13 hs, con un intervalo a las 10 para desayunar. Ellas deciden cómo trabajan. Por eso, Marza dice que “si por allí hubiese algún problema personal y tenemos que parar la producción, lo hacemos. Ya sea para escuchar a la compañera, porque justamente acá es donde a veces intercambiamos y compartimos tanto las alegrías como las tristezas”. “Esto no lo tiene en cuenta cualquier empresa, nosotras sí. Esto es lo que te permite la cooperativa social” porque si “cualquier empresa te dice ‘estás perdiendo el tiempo’, yo lo estoy ganando porque valoro a mi compañera que labura al lado mío, la que es garantía todo el tiempo para mi”, resume.

Expectativas. “Nuestras compañeras vienen así tengan fiebre, así estén enfermas, así se les caiga la casa encima. Están en sus puestos de trabajo. Y es lo que esperamos de un Estado”, apunta quien considera que “el espíritu cooperativista, justamente surge en situación de crisis”. Exigen a quienes ocupan los lugares de decisión que fomenten el desarrollo local y no permitan que se siga profundizando la debacle socio-económica que atraviesa el país. Y piden a los vecinos que continúen depositando confianza en la industria local para evitar la pérdida de más fuentes de trabajo. “Si hoy nos toca vivir esta situación, no vamos a bajar los brazos, vamos a seguir con mucha esperanza de continuar trabajando”, aduce con convicción la coordinadora de producción de la cooperativa.

Los pañuelos verdes.

Allí, en esa cooperativa textil de Vaqueros, en Salta, se realizan decenas de miles de pañuelos verdes y violetas. Esos mismos que brotan en las calles de todo el país. Al principio- dice Marza- deben haber hecho alrededor de 3 mil; un año más tarde aumentaron hasta 10 mil, y en el último año cuentan un aproximado de 25 mil piezas. Tal como las adhesiones a la marea feminista, se multiplican los pañuelos. Los violetas son significativos del movimiento de mujeres. Los verdes- preponderantes por el contexto actual- son de la campaña nacional por el Aborto Legal, Seguro y Gratuito. Y ambos pañuelos son en homenaje a las Abuelas y Madres de Plaza de Mayo. “Siempre lo dijimos: no todo el grupo está de acuerdo con la legalización del aborto y a mí, como referente de la organización, me queda totalmente respetar las posturas de las compañeras”, comenta Fernanda.

El respeto a la diversidad les ha permitido crecer hasta la actualidad. De hecho, siguen confeccionando pañuelos para quienes se los encargan, ya sea de a uno o de a quinientos. La imposición en la agenda pública tras múltiples movilizaciones y proyectos a lo largo de la historia del movimiento de mujeres llegó al Congreso de la Nación; allí legisladores y legisladoras de todo el país decidirán si los abortos siguen siendo clandestinos y en condiciones infrahumanas o si finalmente se atenderá la demanda y será abordado como lo que es: una cuestión de Salud Pública.

Fernanda Marza se siente parte. “Estemos de acuerdo o no, cuando tu producto está en la calle te sentís un poco parte de esa historia. Te sentís protagonista. Decís ‘ah, eso lo hicimos en mi taller, en nuestra cooperativa”, comentó.

Así como en un principio, los sueños del taller propio y la independencia económica permanecen intactos. “Seguimos muy positivas, muy fortalecidas porque el grupo se fortaleció. Y cuando una quiere bajar los brazos está la otra creyendo y sigue soñando”, dice.

Ellas son: Maria Fernanda, Marina, Rosana, Micaela, Miriam, Gabriela, Lucrecia, Rosario, Liliana y Verónica.

 

Fotos: Agustín Ochoa para Infobae

 

Por: Emiliano Frascaroli 

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