Coronavirus, Golpe de Estado y migración forzada: una oración por Bolivia

La falta de un gobierno democrático en el vecino país impide un trabajo conjunto con Argentina para evitar el paso de ciudadanos por localidades fronterizas. El proceso migratorio, de los noventa a la fecha. La opinión del Papa Francisco: acoger, proteger, promover e integrar.

Por Carlos Córdoba

En los últimos días se viralizaron algunos vídeos acerca de la situación en la frontera norte de Argentina-Bolivia. Se pueden ver decenas de personas que intentan cruzar el río que separa una localidad de otra y a tantas más que se cuelan por los pasos ilegales secos.

De hecho, esa cuestión formó parte de la agenda oficial que llevó el gobernador salteño Gustavo Sáenz al presidente Alberto Fernández, quien dispuso el refuerzo en los controles por las fuerzas federales a través de los Ministerios de Seguridad y de Defensa.

Anteriormente Sáenz le había dicho al presidente de la Cámara de Diputados, Sergio Massa, que ciudadanos bolivianos ingresan a la provincia para cobrar beneficios estatales y a utilizar los servicios públicos. Por ello, pidió una legislación más dura.

Lógicamente, la repercusión de sus dichos tuvo réplica en la sociedad que se presta cada vez que puede a insultar al extranjero, principalmente latinoamericano y pobre. Claro está que los medios amarillistas-sensacionalistas contribuyeron a las acciones discriminatorias, sin profundizar el tema.

Para ampliar el foco se proponen dos cuestiones mínimas a tener en cuenta: la situación actual de Bolivia y de las localidades argentinas de frontera y el proceso migratorio como consecuencia de las desigualdades que viven los pueblos.

La antesala de la crisis sanitaria fue política

El sistema de salud boliviano colapsó. La pandemia ha hecho estragos porque Bolivia transita un Golpe de Estado, lo cual impide no sólo la construcción de una política sanitaria que cuide a sus ciudadanos, sino también el control de frontera.

Fue tal la repercusión de las crisis superpuestas en Bolivia (institucional, social, política, económica y sanitaria) que la Comisión Interamericana de Derechos Humanos tuvo que instar al Estado brindar atención fúnebre a familiares de víctimas fatales, las cuales aparecían en plena calle pública a la luz del día.

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Como viven en zonas fronterizas, ciudadanos argentinos y bolivianos pueden tener la doble nacionalidad. Día a día cruzan de un lado a otro para comprar alimentos, asistir al trabajo o bien para hacer algún trámite. Lo hacen a pie, en vehículo terrestre o por el río.

La situación pre-pandemia no cambió mucho. La Policía de Salta y las fuerzas nacionales como Gendarmería y el Ejército intentan bloquear los múltiples pasos ilegales a lo largo de la frontera de localidades como Aguas Blancas (departamento Orán) y Salvador Mazza (departamento General San Martín).

¿A qué vienen los ciudadanos bolivianos a la Argentina? Algunos a comprar cosas para luego revender; otros escapan al virus Sars-CoV-2 y a la persecución del régimen de la dictadora Jeanine Añez; y muchos simplemente realizan el trabajo de bagallero para generar los ingresos mínimos para sobrevivir. De hecho, es un secreto a voces que en Pocitos cobran dinero por dejar pasar a la gente.

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Según estimaciones del gobierno salteño, serían unas 5 mil personas las que no viven en Argentina pero cobrarían alguna ayuda estatal. Así lo afirmó el Secretario de la Gobernación, Matías Posadas, este sábado por la señal televisiva C5n. Todavía no brindaron datos fehacientes que respalden tales declaraciones.

Pero la reacción social inmediatamente es la de suponer que “los bolivianos traen el virus” y que “ocupan los hospitales argentinos porque son gratis”. Se trata de una actualización de la vieja frase de la década de los noventa: “vienen a quitarnos el trabajo”. Mismo espíritu, igual origen de reproducción e idénticas consecuencias.

Neoliberalismo y desplazamiento forzado

La emigración de bolivianos hacia países con mejores condiciones laborales, encontró en la Argentina una plaza para la mano de obra barata, la sumisión y la sobreexplotación, alcanzando según se calcula, los 2 millones de bolivianos en dicho país. Los «bolitas» o «cabecitas negras» son algo así como hombres de trabajo de más de 8 hrs. diarias, que no reclaman, no protestan y pueden acomodarse a cualquier condición laboral, en especial aquellas duras, de alta resistencia física. Los niveles de humillación y discriminación de «los bolitas» no tiene parangón en esta parte de Sudamérica”.

En la cita anterior Víctor Vacaflores, economista, docente universitario y ex Secretario de Relaciones Internacionales de la Asamblea Permanente de Derechos Humanos de Bolivia describe el proceso migratorio interno e intraregional a partir de un recorrido de las políticas gubernamentales a lo largo de los años y su impacto en la sociedad. No es algo desconocido por los argentinos, mucho menos en aquellos que se sirvieron y sirven de esas condiciones para su beneficio privado.

Por su parte, Gerardo Halpern de la Universidad de Buenos Aires (UBA) sostuvo respecto a los gobiernos neoliberales y los procesos migratorios que “las amenazas sistemáticas de expulsión de los mal llamados indocumentados (o ilegales), actúan como presión y sometimiento sistemáticos contra cualquier dinámica de resistencia que pudiera generarse contra ese sistema” que produce desigualdad.

Y el autor agrega: «Las condiciones impuestas para su permanencia segregan al inmigrante al margen de las posibilidades de integrarse a la sociedad como igual. La situación de “indocumentación” lo coloca en una segunda vulnerabilidad: además de extranjero es indocumentado, lo cual es condición para definirlo como “ilegal”, etnónimo al que se somete al inmigrante regional que no puede cubrir las demandas (incumplibles, por cierto) del Estado para salirse de ese lugar social«.

Si viajamos aún más en el tiempo aparece en escena la política migratoria que incentivaron en el apogeo del Estado-nación argentino. En el siglo diecinueve se promovió la llegada de inmigrantes- europeos- para “poblar” el país. Bajo ese velo se ocultó el genocidio de los pueblos originarios: la denominada “Campaña del desierto” es una de ellas.

Asimismo, no hace falta mirar hacia el pasado para cultivar una mirada desde el presente. El Papa Francisco, por ejemplo, condenó los procesos migratorios colocándolos como la consecuencia de la desigualdad a la que son empujados millones de habitantes a lo largo y ancho del planeta. Millones de personas huyen del hambre, de la guerra, la pobreza y la explotación buscando una mejor vida.

«Como Jesucristo, obligados a huir. Acoger, proteger, promover e integrar”, fue el lema escogido para la Jornada Mundial del Migrante y el Refugiado que el Pontífice adoptó para señalar “un drama a menudo invisible” que la crisis de la Covid-19 agravó y que “los cristianos no pueden ignorar”.

«En la huida a Egipto, el niño Jesús experimentó, junto con sus padres, la trágica condición de desplazado y refugiado, marcada por el miedo, la incertidumbre, las incomodidades», explica el Santo Padre en su escrito señalando que lamentablemente, en nuestros días, millones de familias pueden reconocerse en esta triste realidad”, sostiene el Vatinaco en el apartado La trágica condición de desplazado.

Así las cosas, son varios factores los que se entrecruzan y explican porqué tantas personas intentan cruzar la frontera hacia Argentina. Primero, el Golpe de Estado que derrocó a Evo Morales Ayma y que desembocó en una crisis sanitaria, social, económica y política incontrolable. Segundo, los factores culturales e históricos que subyacen en la proximidad geográfica. Tercero, la disponibilidad de un sistema de salud público que Argentina hace extensivo a toda persona que pise suelo. Cuarto, la solidaridad ciudadana, aunque fuere manchada por quienes cobran por dejar pasar clandestinamente a los hermanos bolivianos. Las crisis son un caldo de cultivo para discursos discriminatorios que operan con el sentido común y exacerban posturas violentas que permanecen en silencio. Si en este tren se suben altos funcionarios, la cuestión se agrava.

De esta manera, se intenta construir empatía para con el prójimo en lugar de condenarlos. Es cierto que atravesamos una crisis sanitaria que amerita controlar el ingreso al país de cualquier persona, aunque también es cierto que los factores que desencadenan esos desplazamientos no pueden ser reducidos a un señalamiento gubernamental.