La pandemia agrava la crisis y cientos de familias toman terrenos

La emergencia habitacional genera asentamientos simultáneos en el sur de la capital provincial. Los terrenos abandonados se limpian a puro machete. En qué condiciones se encuentran las familias. Crónica desde el agrupamiento atrás de Parque la Vega y al lado de la ruta a San Agustín.

Por Emiliano Frascaroli

De fondo se escuchan los machetes. Las cenizas de una fogata se levantan con el viento. El humo se funde en el cielo grisáceo. Caen finas pero intensas gotas de lluvia. La temperatura baja. Un niño llora. Alrededor, altos pastizales, una avenida y las últimas casitas de un loteo. El suelo, una mezcla de tierra, hecha barro, y escombros. Sobre esa superficie subibaja, carpas y toldos de plástico dispersas. Unos hilos atados a palos clavados en forma de cuadrado hacen como de demarcación.

Es viernes por la mañana de un mayo particular. Zona sur de la capital de Salta. Al oeste, la ruta provincial 21, que va hacia San Agustín. Al norte, el barrio Parque la Vega. Del este, la ampliación San Calixto. Para el sur, unas casas y más terreno.

Hace varios días, unas 600 familias acuciadas por la crisis económica, laboral, sanitaria y habitacional– agravada por la pandemia del nuevo coronavirus- decidieron asentarse en terreno abandonado, allí donde la campaña contra el Dengue no llegó. Y donde la promesa de un Centro de Salud y una escuela se esfumaron.

Jóvenes desempleados, mujeres embarazadas, personas con enfermedades, adultos mayores... Llegaron a esos lugares desde todos lados. Desde barrio El Milagro en zona este o desde La Paz en zona sudeste. Partieron por necesidad: porque ya no pueden pagar el alquiler, porque ya son varias las generaciones que conviven hacinadas… porque no viven de palabras. Entonces, a puro machete y voluntad de organización se abrieron paso. Contra el frío y el hambre. Contra la indiferencia de los gobiernos de antes y de hoy.

Paso unas vallas y a dos policías que están guarecidos detrás de una pared que frena el viento. Justo un grupo de mujeres, con papeles en mano, se prepara para ir hacia algún lugar de importancia. Me acerco y saludo. Pregunto. “Nos vamos al Concejo porque nos dijeron que había reunión. Pero ahí están las chicas”, dice una de las mujeres del grupo. Sigo y repito la secuencia, con otro grupo.

– ¡Ey, vengan! Él es periodista (señala). ¡Vení Mica!

La gente se agolpa en ronda. Hay personas con necesidades de todas las edades. Las palabras brotan como brotan los problemas, que son nada  más y nada menos que el derecho a ejercer su derecho a una vida digna. Y en cascada, caen las historias:

  • Estamos hace tres días con este frío. Con los chicos chiquitos. No se acercó nadie, todos van para el otro asentamiento- dice Vanesa, madre de 6 criaturas.
  • Mirá, ella está embarazada de 8 meses y está acá. Yo soy mantero, no puedo ni hacer una changa- comenta un muchacho junto a su pareja.
  • Yo soy discapacitado y lo único que tengo es esto (muestra una tarjeta SAETA del colectivo). Ni jubilación ni pensión- dice Raúl.

Mientras los minutos pasan y espero la llamada de la radio para salir al aire, van contando sus realidades. Los chicos intentan no dejar atrás su infancia. Los adolescentes prenden el fuego. Otros machetean las numerosas plantas, que son como cañas. Los perros ladran. Camino hasta un montículo para divisar mejor el panorama. El viento pareciera correr cada vez más fuerte.

“Pero no nos estemos interrumpiendo hablando todos. Que sean dos o tres nomás los que hablen. Y no estemos diciendo que aquí hay ratas y eso. No nos desviemos: nuestra necesidad es tener un lugar”, sugiere una mujer a sus, ahora, vecinas. O compañeras de reclamos.

¡Reunión!”: quienes volvieron del Concejo Deliberante transmiten las novedades al resto.

Años atrás, a la par de los edificios abandonados a medio construir de Parque la Vega, al lado del asentamiento en cuestión, había una cancha de fútbol 11 y junto a ella, un arroyo donde se podían pescar algunas mojarritas. Se hacían campeonatos y, por supuesto, había más movimiento de gente. Ahora los edificios fueron, en su mayoría, reedificados y ya están habitados. Pero el terreno donde estaba la cancha y su extensión, quedaron totalmente abandonados. Pastizales de más de 2 metros y todo tipo de basuras, además de ratas y víboras, completan el paisaje, que alcanza a los metros de tierra tomados.

La supuesta conexión Ruta Provincial 21 con la Avenida Tavella que anunció el ex gobernador Juan Manuel Urtubey quedó en nada. Y el lugar se transformó en tierra de nadie, con apenas una colectora de tierra que atraviesa ese oscuro trayecto. Decir que allí fue hallado muerto un joven es una anécdota que permite graficar aún más el contexto. O que sólo limpiaron el camino cuando vino el Dakar y desviaban por allí a la ciudadanía.

El terreno que buscan se convierta en su hogar en un futuro que comience ahora estaba tan abandonado por el Estado salteño como Vanesa, que hace 15 años se inscribió en un programa provincial de vivienda para encaminarse a cumplir el sueño de la casa propia, siempre sin suerte. “Yo soy moza, y por esto del coronavirus no puedo trabajar”, dice. Como tantas otras más, trabajaba en negro, por lo cual sus empleadores la dejaron a su suerte. Y agrega: “tengo 6 hijos, necesito darles de comer y una casa, ya no podía pagar el alquiler”.

Lagrimea. Y le tiembla la voz y la mano al contar su historia.

Nosotros queremos que nos den un lugar para vivir, que no nos regalen nada, que nos den una chequera. Nosotros tenemos chicos enfermos, chicos con discapacidad, hay gente que está esperando de Tierra y Hábitat desde hace 20 años”, explica Micaela, una de las voceras elegidas para coordinar los sectores.

Quienes se afincaron en este predio se organizaron por grupos para poder realizar una tarea más coordinada. Las mujeres encabezan el proceso. Tienen en sus manos las fotocopias de documentos para actualizar algún expediente o para iniciarlo, en cuyo caso logren atención oficial. De momento, recibieron el visto bueno de sus vecinos que prefieren ocupen esos lugares a que estén abandonados y sean un foco de inseguridad. Por eso, les acercaron agua caliente o dejaron entrar al baño a las mujeres mayores. Unas casas más allá del lugar, una señora contó que le robaron la garrafa porque entraron a su casa por los yuyos.

Existe un acuerdo que repiten una y otra vez: “no nos vamos hasta que nos den una solución”. La hora del almuerzo llegó y es hora de preparar la olla comunitaria.

Es muy difícil que la oligarquía entienda las injusticias que con su voracidad produce y vomita. Por eso el senador provincial Guillermo Durand Cornejo no titubea y saca uñas y dientes y pide represión a los que reclaman el derecho a vivienda. Tal vez si se tratara de terrenos para ser donados al exclusivo Uzzi College o a la Cámara Hotelera no habría muchos problemas en acelerar el papeleo ni mucho menos ese ensañamiento con estado parlamentario.

Son las personas de carne y hueso que representan a ese 45,5% de pobreza que marcó el Indec para fines de 2019. Son destinatarias de las emergencias habitacionales prorrogadas durante años, pero postergadas por igual tiempo de los sorteos. Son quienes están detrás de las cifras de informalidad laboral y que esperan nunca tener que engrosar números por Covid-19.

Es cierto que se trata de un problema de años que la pandemia aceleró agravando las condiciones de vida en una provincia con acentuadas desigualdades. Pero también es cierto que al derecho a la vida es imposible ejercerlo sin un techo.

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